LLEGANDO A LOS PERDIDOS

En mi mente tengo frescas las caras de impotencia que vi en el corazón del Bronx. Rostros de todas las formas, colores y edades. Niños y niñas, hombres y mujeres, negros, blancos, asiáticos, hispanos. Muchos se perdieron. Muchos necesitaban a Jesús.

  • El corazón del hombre traza su rumbo,
    pero sus pasos los dirige el Señor.                                                                  Proverbios 16:9

Estábamos en la etapa final de un período de seis semanas de campaña a las ciudades interiores de Nueva York. Durante semanas habíamos estado evangelizando en las calles, conduciendo eventos en las esquinas de los vecindarios por toda la ciudad, e invitando a la vez a la gente a nuestro evento final en el Bronx.

  • No bien decía: «Mis pies resbalan»,
    cuando ya tu amor, Señor, venía en mi ayuda.                                                   (Salmos 94:18)

Recuerdo haber estado en la plataforma frente a varios miles de personas. Nuestro escenario fue instalado al final de una calle larga y estrecha en uno de los barrios más infestados con drogas de todo Nueva York. Edificios de apartamentos de gran altura se elevaban a cada lado.

  • Los que viven según la naturaleza pecaminosa no pueden agradar a Dios. (Romanos 8:8)

Por varios segundos simplemente estuve de pie, examinando la multitud. Había pandillas de colores por todas partes. Prostitutas, traficantes y adictos, se encontraban dispersos entre la multitud, esperando escuchar lo que yo tenía que decir. Eché un vistazo a los edificios y vi gente que asomaba por sus ventanas y niños amontonados en las escaleras de incendios. Se juntaban adolescentes tanto como madres y padres que observaban.

  • Desde mi angustia clamé al Señor,
    y él respondió dándome libertad. (Salmos 118:5)

Yo oraba en mi corazón: «Querido Jesús. Míralos. Tanta gente pobre y herida – gente que te necesita. Abre sus ojos, Señor. Toca sus corazones. ¡Usa mis palabras para llevarlos a ti! »

  • Ustedes quédense quietos, que el Señor presentará batalla por ustedes. (Exodo 14:14)

Cuando empecé a compartir mi testimonio, sentí una calma cayendo en el vecindario. No podía creer lo atentas que las personas estaban. La sensación es imposible de describir. Es la presencia de Dios. Es la retirada total de las tropas enemigas mientras el Espíritu de Dios se mueve y se instala en una muchedumbre de personas.

 

Mientras hablaba pude sentir el Espíritu Santo envolviendo a la multitud, trabajando en sus corazones, llevando a muchos a la convicción. Antes de que tuviera la oportunidad de invitar a la gente para que acepten a Jesús, decenas fluían hacia el escenario, cayendo de rodillas al suelo en arrepentimiento.

  • En verdad, Dios ha manifestado a toda la humanidad su gracia, la cual trae salvación y nos enseña a rechazar la impiedad y las pasiones mundanas. Así podremos vivir en este mundo con justicia, piedad y dominio propio. (Tito 2:11-12)

Cientos pasaron adelante para recibir a Jesús esa noche. Dios trajo tal ola de convicción que quedamos sobrecogidos por la respuesta. Quedamos completamente asombrados por la obra que Dios estaba haciendo en este vecindario herido y abandonado.

  • Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían.»                             (Marcos 16:20).

Nicky Cruz, evangelista internacionalmente conocido y prolífico autor, se volvió a Jesucristo de una vida de violencia y crimen después de encontrarse con David Wilkerson en la ciudad de Nueva York en 1958 La historia de su dramática conversión fue contada por primera vez en el libro “La Cruz y el Puñal” escrito por David Wilkerson y más tarde en su propio best seller “Corre, Nicky, Corre”.

Nicky Cruz

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